
El arte cristiano se originó en las catacumbas romanas durante los primeros siglos de la Era, en tiempos de persecución de la Iglesia. Los pintores de la Iglesia romana decoraban los cementerios cristianos con imágenes simbólicas primitivas. Aunque algunos de estos artistas eran orientales y trajeron su repertorio artístico a Roma, las catacumbas continúan siendo el arsenal más abundante para el estudio de los orígenes del nuevo arte. Las galerías subterráneas de los famosos cementerios romanos contienen la serie más completa de representaciones pictóricas de los primeros cuatro siglos del cristianismo.
Las catacumbas romanas están todas ellas fuera de los muros de la ciudad, ya que las leyes del Imperio prohibían sepultar a los muertos en el recinto de las murallas. Al principio, los cementerios cristianos eran sepulturas comunes, similares a las tumbas paganas, dispuestas para enterrar a los difuntos de una misma congregación. Las leyes de Roma permitían a los ciudadanos reunirse en cofradías o collegia para construir un mausoleo común. Las primeras comunidades de fieles cristianos aprovecharon esta costumbre, permitiendo a los difuntos estar reunidos en el sepulcro como en vida lo habían estado en el seno de la Iglesia.
La doctrina evangélica precisaba que no hacía falta un lugar determinado para el culto: donde se reunieran dos en nombre del Señor, allí estaría Él. Por eso, las primeras liturgias cristianas se celebraban en pequeños oratorios particulares, en habitaciones retiradas de las casas de los fieles. Las epístolas de San Pablo nos brindan una idea clara de cómo eran las comunidades de conversos en el primer siglo de la Iglesia. En una misma ciudad, podía haber varios rebaños con su pastor, y en Roma, cada comunidad poseía legalmente su sepultura común fuera de las murallas, reflejando la estructura organizativa y la vida comunitaria de los primeros cristianos.